Muchas personas llegan a terapia con una sensación difícil de explicar: les cuesta entender lo que sienten, se juzgan por emocionarse demasiado o intentan esconder constantemente sus emociones ante los demás. A menudo piensan que esto forma parte de su personalidad, cuando en realidad puede estar relacionado con algo que vivieron durante su infancia: la invalidación emocional.
¿Qué es la invalidación emocional?
La invalidación emocional ocurre cuando las emociones de una persona son ignoradas, minimizadas, criticadas o rechazadas de forma repetida.
No siempre sucede de manera intencionada. De hecho, muchos padres invalidan emocionalmente a sus hijos sin ser conscientes de ello y con la intención de ayudarles.
Frases como:
- «No llores, no es para tanto.»
- «Estás exagerando.»
- «No tienes motivos para sentirte así.»
- «Hay niños que lo pasan peor.»
- «Tienes que ser fuerte.»
- «Deja de quejarte.»
Pueden transmitir un mensaje implícito: lo que sientes no es adecuado, no tiene sentido o no debería estar ocurriendo.
Cuando nuestros padres hicieron lo que pudieron
Es importante entender que hablar de invalidación emocional no significa buscar culpables.
La mayoría de nuestros padres nos educaron con las herramientas emocionales que tenían disponibles. Muchos crecieron en familias donde las emociones tampoco eran escuchadas o donde expresar tristeza, miedo o enfado se consideraba una señal de debilidad.
Por ello, es frecuente que hayan repetido patrones aprendidos sin intención de hacer daño.
Un padre puede querer proteger a su hijo del sufrimiento y, precisamente por eso, decirle: «No pasa nada» cuando el niño necesita escuchar: «Entiendo que esto te ha dolido».
La diferencia parece pequeña, pero el mensaje emocional es muy distinto.
¿Cómo afecta la invalidación emocional en la vida adulta?
Cuando durante años recibimos el mensaje de que nuestras emociones son incorrectas o excesivas, podemos desarrollar ciertas dificultades:
Dificultad para identificar lo que sentimos
Muchas personas saben que están mal, pero no saben exactamente qué emoción están experimentando.
Pueden notar tensión, ansiedad o malestar físico sin comprender qué está ocurriendo internamente.
Autoexigencia y autocrítica
Si aprendimos que nuestras emociones eran exageradas, es posible que hoy nos juzguemos constantemente:
- «No debería sentirme así.»
- «Estoy siendo demasiado sensible.»
- «Tengo que controlarme.»
La lucha deja de ser contra el problema y pasa a ser contra la propia emoción.
Necesidad de agradar a los demás
Algunas personas aprendieron que sus necesidades emocionales eran incómodas para quienes les rodeaban.
Como consecuencia, pueden convertirse en adultos que priorizan continuamente a los demás y les cuesta poner límites.
Miedo al conflicto
Si expresar enfado o desacuerdo era castigado o rechazado, es posible que hoy evitar los conflictos se haya convertido en una estrategia automática.
La invalidación emocional no siempre es evidente
Cuando pensamos en una infancia difícil solemos imaginar situaciones extremas. Sin embargo, una persona puede haber crecido en una familia cariñosa, responsable y comprometida, y aun así haber experimentado invalidación emocional.
Los padres pueden cubrir perfectamente las necesidades físicas de sus hijos y, al mismo tiempo, tener dificultades para acompañar sus emociones. Por eso muchas personas sienten confusión cuando descubren este tema. Reconocen que sus padres les quisieron y les cuidaron, pero también identifican heridas emocionales que siguen influyendo en su vida adulta.
Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
¿Se puede reparar?
Sí.
La buena noticia es que las habilidades emocionales pueden aprenderse en cualquier momento de la vida. Parte del trabajo terapéutico consiste en desarrollar una nueva relación con nuestras emociones:
- Aprender a identificarlas.
- Comprender qué función tienen.
- Escucharlas sin juzgarlas.
- Validar nuestra experiencia interna.
- Expresar necesidades de forma saludable.
Validar una emoción no significa que nos guste sentirla ni que tengamos que actuar impulsivamente por ella.
Significa reconocer que existe y que tiene sentido que aparezca dadas nuestras circunstancias.
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