La función de la ansiedad: cuándo nos ayuda y cuándo empieza a interferir

La ansiedad suele tener muy mala fama. Cuando hablamos de ella, normalmente pensamos en preocupación, nervios, miedo, pensamientos que no paran o esa sensación incómoda de que algo malo puede ocurrir.

Sin embargo, sentir ansiedad no siempre significa que exista un problema psicológico. La ansiedad forma parte de las respuestas normales de nuestro organismo y, en determinadas situaciones, cumple una función importante: ayudarnos a detectar posibles amenazas, prepararnos para afrontar una situación y movilizar los recursos que necesitamos.

El problema aparece cuando esta respuesta deja de estar ajustada a la situación, se mantiene durante demasiado tiempo o empieza a interferir en nuestra vida cotidiana.

Por eso, más que preguntarnos únicamente “¿cómo puedo dejar de sentir ansiedad?”, puede ser útil entender primero para qué sirve la ansiedad y cuándo deja de resultarnos útil.

¿Qué es la ansiedad y para qué sirve?

La ansiedad es una respuesta de nuestro organismo ante la percepción de una amenaza, un riesgo o una situación que consideramos importante.

Cuando nuestro cerebro interpreta que necesitamos estar preparados, aumenta nuestro nivel de activación. Podemos notar cambios físicos como tensión muscular, aumento de la frecuencia cardíaca, sensación de inquietud o mayor estado de alerta.

También pueden aparecer cambios a nivel cognitivo: prestamos más atención a lo que ocurre a nuestro alrededor, anticipamos posibles problemas y pensamos en diferentes maneras de responder.

Todo esto tiene una función.

La ansiedad nos prepara para actuar.

Por ejemplo, sentir cierto nerviosismo antes de una entrevista de trabajo puede hacer que prestemos más atención, preparemos mejor nuestras respuestas y lleguemos más alerta a la situación.

Sentir ansiedad antes de un examen puede llevarnos a estudiar, organizar el tiempo o revisar aquello que todavía no dominamos.

En este sentido, la ansiedad no es necesariamente nuestra enemiga.

La ansiedad puede funcionar como una señal de alarma

Una de las funciones más importantes de la ansiedad es avisarnos de que existe algo que nuestro cerebro considera relevante.

Puede tratarse de un peligro real, pero también de una situación incierta, exigente o nueva.

Por eso podemos sentir ansiedad ante circunstancias muy diferentes:

  • Una entrevista de trabajo.
  • Un examen.
  • Una conversación importante.
  • Un cambio de ciudad.
  • Una decisión que puede afectar a nuestro futuro.
  • Una situación social que nos genera inseguridad.
  • Una enfermedad o problema de salud.
  • Una situación desconocida.

La ansiedad nos indica que hay algo que nuestro sistema considera importante y ante lo que debemos estar preparados.

El problema no está necesariamente en que aparezca esa señal, sino en cómo de intensa es, cuánto tiempo permanece y hasta qué punto condiciona nuestra conducta.

Entonces, ¿cuándo la ansiedad deja de ser útil?

Podemos empezar a preocuparnos cuando la respuesta de ansiedad no parece ajustarse a la situación o empieza a interferir significativamente en nuestro día a día.

No existe una frontera exacta que permita decir: “a partir de aquí la ansiedad es patológica”. La experiencia de cada persona es diferente.

Sin embargo, hay algunas señales que pueden indicarnos que la ansiedad está dejando de cumplir una función adaptativa.

1. La ansiedad aparece con mucha frecuencia

Puede ocurrir que el organismo permanezca en un estado de alerta prácticamente constante. No hace falta que esté ocurriendo algo especialmente preocupante para sentir tensión, inquietud o preocupación.

La persona puede empezar a experimentar la sensación de estar “siempre preocupada por algo”. Cuando termina un problema, aparece otro. Cuando se resuelve una preocupación, la mente encuentra una nueva posibilidad que anticipar.

2. La preocupación empieza a ocupar demasiado espacio

Preocuparse ocasionalmente puede ayudarnos a prepararnos para determinadas situaciones, pero cuando la preocupación ocupa gran parte del día, puede resultar agotadora.

La persona puede pasar mucho tiempo anticipando escenarios, repasando conversaciones, imaginando qué podría salir mal o intentando encontrar soluciones para situaciones que todavía no han ocurrido.

En lugar de ayudarnos a prepararnos para el futuro, la preocupación puede acabar manteniéndonos atrapados en él.

3. Empezamos a evitar situaciones

Esta es una de las señales más importantes.

Si una situación nos genera ansiedad, es comprensible que nuestro primer impulso sea evitarla, y evitar puede producir algo muy agradable a corto plazo: la ansiedad disminuye.

El problema es que nuestro cerebro puede aprender:

“Cuando evito esta situación, me siento mejor.”

Y eso puede hacer que la evitación se mantenga.

Por ejemplo, una persona puede evitar hablar en público porque siente mucha ansiedad. Al no enfrentarse a esa situación, experimenta alivio.

Pero la próxima vez que tenga que hablar en público, puede sentir todavía más miedo.

Así, aquello que inicialmente parecía una solución puede terminar manteniendo el problema.

Cuando intentamos controlar demasiado la ansiedad

Otra dificultad aparece cuando nuestra principal preocupación pasa a ser no sentir ansiedad.

“¿Y si me vuelve a dar?”

“¿Y si empiezo a encontrarme mal?”

“¿Y si pierdo el control?”

“¿Y si los demás se dan cuenta?”

La persona puede empezar a vigilar constantemente sus sensaciones corporales, comprobar cómo se encuentra o modificar su comportamiento para evitar cualquier posibilidad de experimentar ansiedad. Y esto puede generar una paradoja:

cuanto más pendiente estamos de no sentir ansiedad, más atención prestamos a cualquier señal de ansiedad.

Por eso, en muchas ocasiones, trabajar la ansiedad no consiste simplemente en conseguir que desaparezca.

También implica aprender a relacionarnos de otra manera con ella.

La ansiedad no tiene que desaparecer

Este es un punto importante.

El objetivo de una intervención psicológica no tiene por qué ser que una persona nunca vuelva a sentir ansiedad. La ansiedad forma parte de nuestra experiencia emocional y puede aparecer ante situaciones importantes, inciertas o exigentes.

El objetivo puede ser que la ansiedad deje de dirigir nuestra vida. Que podamos sentir cierto nerviosismo y aun así hacer una presentación. Que podamos sentir incertidumbre sin necesitar tenerlo todo bajo control. Que podamos notar preocupación sin pasar horas intentando resolver mentalmente todos los escenarios posibles. Que podamos afrontar una situación aunque aparezca miedo.

En otras palabras:

no siempre necesitamos eliminar la ansiedad para poder actuar.

Aprender a escuchar la ansiedad sin dejar que decida por nosotros

La ansiedad tiene una función: protegernos.

Por eso, intentar eliminarla a toda costa puede no ser siempre la estrategia más útil, podemos empezar por escuchar qué nos está señalando.

¿Existe realmente una amenaza?

¿Hay algo que necesitamos preparar?

¿Estamos ante una situación nueva?

¿O nuestro sistema de alarma está reaccionando ante una posibilidad que todavía no ha ocurrido?

Aprender a diferenciar estas situaciones puede ayudarnos a responder de una manera más flexible.

Porque sentir ansiedad no significa necesariamente que algo vaya mal.

A veces significa simplemente que nuestro cerebro considera que algo es importante.

Y otras veces significa que nuestro sistema de alarma se ha activado demasiado, durante demasiado tiempo o ante situaciones que no requieren ese nivel de respuesta.

La clave no está en vivir sin ansiedad, sino en conseguir que la ansiedad vuelva a ocupar el lugar que le corresponde.


¿Cuándo puede ser recomendable acudir a terapia?

No es necesario esperar a que la ansiedad sea insoportable para pedir ayuda.

Si notas que la ansiedad está condicionando tus decisiones, limitando tus actividades, afectando a tus relaciones o interfiriendo en tu descanso y bienestar, un proceso de terapia psicológica puede ayudarte a comprender qué está ocurriendo y desarrollar estrategias para afrontarlo.

En terapia se puede trabajar no solo sobre los síntomas de ansiedad, sino también sobre los patrones de pensamiento, las conductas de evitación, la necesidad de control y las situaciones que pueden estar manteniendo el problema.

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